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3 de septiembre de 2013

Ni por un segundo vayan a imaginar que nos encaminamos hacia una era de energías renovables: La Tercera Era de Carbono


TomDispatch.com /
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.


En todo lo referente a la energía y la economía en la era del cambio climático, nada es lo que parece. La mayoría de nosotros creemos (o queremos creer) que la segunda era del carbono, la Era del Petróleo, será pronto reemplazada por la Era de las Renovables, al igual que el petróleo lleva sustituyendo desde hace mucho tiempo la Era del Carbono. El presidente Obama ofreció exactamente esta visión en un muy alabado discurso sobre el cambio climático el pasado mes de junio. Es verdad, necesitaremos de los combustibles fósiles un poco más, señalaba, pero muy pronto serán superados por energías renovables.


"Cuando el cambio climático se intensifique, la sequía será la norma en muchas áreas y, por ello, la competición cada vez más feroz"



Muchos otros expertos comparten este punto de vista, que nos asegura que la creciente dependencia del gas natural “limpio” combinado con ampliadas inversiones en energía solar y eólica permitirá una transición suave hacia un futuro de energía verde en el que la humanidad ya no arrojará dióxido de carbón y otros gases invernadero a la atmósfera. Todo esto suena en efecto prometedor. Solo hay un pequeño inconveniente: que no es, de hecho, el camino por el que avanzamos. La industria de la energía no está invirtiendo de forma significativa en energías renovables. En cambio, está dedicando sus beneficios históricos a nuevos proyectos de combustibles fósiles que implican ante todo la explotación de las denominadas reservas “no convencionales” de gas y petróleo.

El resultado es indiscutible: la humanidad no está entrando en un período que estará dominado por las energías renovables, sino que está iniciando la tercera gran era del carbono: la Era del Petróleo y Gas No Convencionales.

Que nos estamos embarcando en una nueva era del carbono es cada vez más evidente y debería perturbarnos a todos. En cada vez más regiones de EEUU, y en un creciente número de otros países, se está utilizando la fracturación hidráulica –el uso de columnas de agua a alta presión para desmenuzar las formaciones subterráneas de esquisto y liberar las reservas de petróleo y gas natural atrapadas en su interior-. Mientras tanto, en Canadá, Venezuela y otros lugares se está acelerando la explotación de petróleos pesados a partir de carbón sucio y de las formaciones de arenas bituminosas.

Es cierto que cada vez se construyen más variedades de parques eólicos y solares, pero aunque parezca mentira se espera que en las próximas décadas la inversión en extracción y distribución de combustibles fósiles no convencionales supere, y mucho, al gasto en renovables, al menos en una ratio de tres a uno.

Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), una organización intergubernamental dedicada a la investigación, que tiene su sede en París, la inversión acumulada en el mundo en extracción y procesamiento de nuevos combustibles fósiles alcanzará un total de alrededor de 22.870 billones de dólares entre 2012 y 2035, mientras que la inversión en renovables, energía hidráulica y energía nuclear supondrá una cifra de unos 7.320 billones de dólares. Para esos años, se espera que solo las inversiones en petróleo, estimadas en 10.320 billones de dólares, superen el gasto dedicado a la energía eólica, solar, geotérmica, biocombustibles, hidráulica, nuclear y cualquier otra forma de energía renovable combinadas.

Además, como explica la IEA, una parte cada vez mayor de esa asombrosa inversión en combustibles fósiles se dedicará a formas no convencionales de petróleo y gas: arenas bituminosas canadienses, crudo extrapesado venezolano, petróleo y gas de esquistos bituminosos, depósitos energéticos situados en el Ártico y en las profundidades oceánicas, y otros hidrocarburos derivados de reservas energéticas anteriormente inaccesibles. La explicación de lo anterior es bastante simple. Los suministros mundiales de petróleo y gas convencional –combustibles derivados de reservas de fácil acceso que requieren de un procesamiento mínimo- están desapareciendo rápidamente. Como se espera que la demanda mundial de combustibles fósiles aumente en un 26% de aquí a 2035, los combustibles no convencionales tendrán que proporcionar una gran parte de la energía mundial.

En un mundo así, una cosa es segura: las emisiones globales de carbono se dispararán más allá de nuestras más desfavorables previsiones, lo que significa que las intensas oleadas de calor serán habituales y que las escasas zonas vírgenes que nos quedan quedarán aniquiladas. El planeta Tierra será un lugar mucho más duro y abrasador –posiblemente a niveles inimaginables-. Desde esta perspectiva, merece la pena explorar con más profundidad cómo es que hemos acabado en este atolladero, en otra era del carbono.

La primera era del carbono
La primera era del carbono empezó a finales del siglo XVIII, con la introducción de la máquina de vapor alimentada con carbón y su aplicación generalizada a toda clase de empresas industriales. El carbón, inicialmente utilizado para las fábricas textiles y las plantas industriales, se empleó también para el transporte (barcos y ferrocarriles de vapor), la minería y la producción de hierro a gran escala. En efecto, lo que llamamos ahora Revolución Industrial se vio en gran medida posibilitada por la creciente aplicación del carbón y la máquina de vapor a las actividades productivas. Finalmente, el carbón se utilizaría para generar también electricidad, un campo en el que sigue siendo dominante en la actualidad.

29 de febrero de 2012

Israel apela al ecologismo para estrangular a los palestinos

El Estado hebreo declara parques nacionales en barrios palestinos en Jerusalén para expulsar a la población árabe y no pagar indemnización, afirma una ONG de Israel.


La política de acoso y expulsión de la población palestina llevada a cabo por Israel en su territorio es cada vez más intensa. Hace poco, veíamos como las comunidades beduinas eran desalojadas para llevarlas a vertederos, destruían plantas solares y viviendas sociales pagadas por España. Ahora, la nueva estrategia es utilizar la declaración de parques nacionales en Jerusalén para hacerse con el control de los terrenos palestinos y estrangular el crecimiento de la población, según han denunciado varias ONG israelíes. 
Pese a su apariencia de política verde y de respeto al medioambiente, la declaración de parques nacionales puede ser un arma de doble filo en la parte oriental de Jerusalén, un territorio ocupado por Israel en 1967 y que el Estado judío se apropió en 1980 con una anexión no reconocida por la comunidad internacional.

"Es un hecho conocido que el Estado explota los procesos de planificación urbana para cumplir una agenda política centrada en la tenencia judía de la tierra", explica Sari Kronish, de la ONG Bimkom - Planificadores por los Derechos Humanos. Según esta organización, las normas para preservación de la naturaleza y el paisaje también sirven "en muchos casos" a las autoridades para "incautar tierra y judaizar el territorio".

Es el caso de los parques nacionales declarados o en proceso de ser declarados en Jerusalén Oriental que ocupan, según Bimkom, "todos los espacios abiertos que quedan".

"Los palestinos no podrán hacer ni un nuevo barrio, no les quedará ningún espacio para crecer", asegura Kronish, para quien esta estrategia tiene como objeto final "obligar a esa población a irse" de lo que Israel considera la "capital eterna e indivisible del Estado judío".


La declaración de amplias zonas como parques nacionales tiene, además, importantes consecuencias legales, como que las autoridades no tengan que expropiar las tierras y, por tanto, no deban pagar indemnización a sus propietarios, y que el lugar pase a ser gestionado por la Autoridad de Parques de Israel, lo que hace que la Alcaldía no se responsabilice de las necesidades de los residentes.

La ONG Ir Amim está de acuerdo en que la designación de parques nacionales "incrementa el control israelí" y "restringe enormemente el desarrollo futuro de los palestinos designando las zonas reservadas para su crecimiento como zonas verdes", una política que, advierte, "amenaza con transformar un conflicto resoluble en una confrontación irresoluble y peligrosa".

En Ir Amim señalan que la planificación de esas zonas "busca crear una continuidad territorial entre los sitios históricos judíos y colonias estratégicas alrededor de Jerusalén", lo que dificultará que algún día esas áreas formen parte del futuro Estado independiente palestino.

Los parques nacionales existentes y planificados en la parte árabe de Jerusalén ocupan un total de 270 hectáreas, mientras que en la parte judía de la ciudad hay solo 124 hectáreas y, al contrario que en el Este, ninguno está en zonas céntricas y edificadas de la ciudad, sino todos en las afueras, señala Bimkom.

En Jerusalén Este hay dos parques nacionales ya declarados, el que rodea las murallas de la ciudad vieja y el del Valle de Tzurim, un poco más al norte.
  
Otros dos están en "estado avanzado de planificación", el del Valle de los Reyes y el de las Laderas del Monte Scopus, y tres más se encuentran en "estado inicial de planificación": uno en el barrio de Sheij Yarrah, otro en Bab As-Sahrah y uno más en el Monte de los Olivos, además de una expansión del Valle de los Reyes.
 
El más grande de los planificados, con unas 75 hectáreas, es el de las Laderas del Monte Scopus, que dejará sin espacio para crecer a los barrios árabes de Isawiya y Al Tur.

Bimkom, Ir Amim y la ONG arqueológica israelí Emek Shaveh han presentado alegaciones contra la declaración de ese nuevo parque, al entender que no hay ningún elemento técnico que lo justifique y que supondrá asfixiar aún más a una población que ya sufre de una deficiente planificación y no dispone de aceras ni colegios suficientes.

"En el caso del Monte Scopus está claro que lo que se pretende es ahogar a Isawiya y Al Tur. El área designada como parque es más amplia incluso que el área residencial y la justificación de preservar el paisaje no se sostiene, teniendo en cuenta que el parque estará atravesado por una carrera y las vistas incluyen un asentamiento y una base militar", argumenta Kronish. "Si el Monte Scopus estuviera en Jerusalén Oeste, esa zona jamás sería declarada parque nacional", agrega esta arquitecta.

Yonatan Mizrahí, arqueólogo y director de Emek Shaveh, también cree que no hay allí "ningún resto arqueológico que justifique la protección de parque nacional. Hay algunas tumbas y algún edificio del siglo VIII pero, si se compara con otros barrios en Jerusalén, no solo no hay más, sino que incluso hay menos restos arqueológicos".

Kronish advierte que "se está coloreando el mapa de Jerusalén de verde y esto da buena impresión pero es importarse preguntarse qué es lo que hay detrás".
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fuente:  ANA CÁRDENES (EFE) / PÚBLICO.ES
http://www.publico.es/internacional/424338/israel-apela-al-ecologismo-para-estrangular-a-los-palestinos 

17 de febrero de 2012

Ecofacismo, por Jorge Orduna


Es hora de preguntarse por el verdadero carácter del movimiento ecologista. De dónde viene y adónde va. Aunque comprender la realidad de las instituciones ambientalistas sea un asunto complejo.

La imagen que se tiene de World Wide Foundation, la del inocente y encantador osito panda, o Greenpeace no ayuda a despejar el panorama. Gente joven, altruista, libre, que defiende las maravillas naturales de la creación, lucha cual pequeño David contra ese Goliat que es tan fácil odiar: la máquina despiadada de un progreso que no repara en destrucción alguna con tal de satisfacer la codicia, las ansias de poder y la ambición humana.

“Cuando alguien invierte muchos recursos en promover una imagen de sí mismo desequilibra la balanza de la realidad de tal forma que volver a nivelarla nos exige exceder el peso del platillo negado, oculto o simplemente no promovido”, plantea el periodista Jorge Orduna en el polémico ensayo “Ecofascismo”, publicado por el sello Martínez Roca.

El autor se encarga de desenmascarar esa maraña de personalidades, instituciones, empresas y hasta gobiernos que conforman el entramado actual del ecologismo internacional. En el sensiblero relato ambiental, teñido por un exceso de corrección política –cómo no estar a favor de las ballenas y de la foca bebé, cómo no oponerse a la energía atómica o a las impías quillas de la flota pesquera–, se omite la genealogía con la eugenesia, tan asociada al nazismo, que estudia los métodos científicos para mejorar la raza humana a través del control de su reproducción. La expresión eugenesia, que significa “buen nacimiento”, fue creada por un primo de Darwin, Francis Galton, uno de los impulsores de este movimiento intelectual “que toma principios de los descubrimientos de Darwin sobre la evolución y peregrinas ideas de Malthus sobre la población, para desembocar en lo que luego se calificó como darwinismo social e higiene racial, por unos, y racismo a secas por otros”, advierte Orduna.

    El acento de Orduna, que actualmente reside en Los Zorzales, en las afueras de la ciudad de Mendoza, es producto de la mezcolanza de tonalidades que fue adquiriendo de los distintos lugares donde vivió. Después que lo expulsaran de Chile, donde estuvo 15 días escondido en un sótano en el comienzo de la dictadura pinochetista, se fue a Francia, pero también vivió en Ecuador y en Bolivia.

    “Nunca estuve quieto en esos lugares, me siento como un gitano”, aclara a Página/12. A través del caso testigo, las Islas Galápagos, en “Ecofascismo”–que bien podría haberse titulado “Econazismo”, por el capítulo en el que analiza cómo la legislación alemana se mostraba mucho más sensible con los animales que con las personas–, Orduna dice que quiere demostrar “adónde puede ir a parar la promoción de una cultura ecologista sin ningún tipo de cortapisas, sin ninguna barrera impuesta por los sectores científicos nacionales en función de los intereses reales de cada país”.

    El periodista y ensayista cuenta que hay tanta disparidad social en los países latinoamericanos que “se tiende a subestimar la capacidad de la juventud” para detectar el revés de la trama ecologista.

    “En los medios de comunicación es frecuente que aparezca un Frente de Liberación Animal, copiado como muchas otras cosas de los países desarrollados, con una campaña lacrimógena a favor de la chinchilla, cuando cualquiera que camine un poco, incluso por las zonas más ricas de Buenos Aires, se va a dar cuenta de que la chinchilla no es necesariamente un producto de gran consumo”, sugiere Orduna.

    “Uno tendería a creer que la juventud asimila fácilmente cualquier tipo de política fundamentalista en lo ecológico, pero creo que hay una sospecha de que algo no encuadra muy bien con nuestra realidad; que hay unas prioridades sino invertidas por lo menos alteradas en base al apoyo mediático que recibe ‘la maravilla del mundo natural’ en los canales de cable” .

    Con ánimo de ahondar en las paradojas, el periodista recuerda que en una entrevista que le hizo a la presidenta de la Asociación Argentina de Lucha contra el Chagas, ella le comentó que no consiguió organizar un concierto a beneficio. “Incluso algunos artistas que son tenidos como muy progresistas la trataron con malos modos. Claro, me dijo ella, quieren verse asociados con animales que son sinónimo de belleza o de magnificencia y no con bichos que son símbolo de la pobreza y de la mugre. Los subdesarrollados se ocupan del mal de Chagas; yo salvo a las ballenas porque es más prestigioso y mediático”, ironiza Orduna.

    “Hay un temor muy grande a contradecir el discurso políticamente correcto que viene de las organizaciones internacionales. La Argentina es muy poco crítica respecto de las Naciones Unidas; parecería que fuera el Olimpo adonde llega gente absolutamente impoluta y ajena a las influencias, y no es así. Como existe una actitud sumisa, se terminan firmando tratados internacionales, pactos y protocolos que van generando concesiones. Los sectores más radicalizados de derecha en el mundo industrializado apuntan claramente a establecer los problemas ecológicos por encima de las soberanías nacionales. La lógica que nadie puede negar es la falta de control sobre la explotación de los propios recursos: el mar, la minería, la agricultura.”

    El progresismo latinoamericano no es ajeno a este temor de contradecir la ideología de los verdes.

    “Las nuevas formas de dominación estarían desbordando al progresismo latinoamericano por izquierda, cuando el progresismo espera su oposición en la derecha. Lo que está sucediendo consiste en la promoción de causas nobles, como las ecológicas, impulsadas de manera reaccionaria”, afirma Orduna.


    Usted señala que Greenpeace es una gran generadora de mitos. ¿El libro puede contribuir a desterrar algunos de esos mitos?

    –Hay un factor tremendamente poderoso detrás de Greenpeace. No creo que un libro sirva para desmontar un mito. Cuando uno está esperando el subte, ve en la pantalla los saltitos de la ballena. No creo que esta tendencia vaya a cambiar, quizá pueda haber más reticencia de los gobiernos, que empiezan a darse cuenta de que vamos a pagar las consecuencias por los compromisos internacionales que se contraen respecto de los temas ecológicos. En el caso de Galápagos se ve muy clarito porque está al borde de perder el control. Ecuador no puede hacer nada porque Galápagos tiene un valor biológico tan importante para la humanidad que las organizaciones internacionales han decidido que la isla no pueda ser considerada bajo soberanía nacional. Con el aire está pasando lo mismo, con el agua también. Plantear el tema del agua en la Argentina es muy interesante.

    El agua argentina es de nosotros, pero las organizaciones ecologistas esgrimen que son patrimonios internacionales, son problemas de la humanidad. En el lenguaje, estas organizaciones han incorporado el derecho que siempre sintieron sobre los recursos del tercer mundo. El ecologismo es el nuevo colonialismo del siglo XXI.

    Como junto a los recursos están asociados los problemas de población y de desarrollo humano, la cuestión es verdaderamente preocupante. De ahí el título de “Ecofascismo”, por el carácter antidemocrático de las políticas del Primer Mundo que propagan el control poblacional en nuestros países.


    Silvina Friera  fuente: